21 agosto 2018
Que paguen más los que más tienen
21 septiembre 2016
Los verdaderos paganinis de impuestos en España son los trabajadores
05 junio 2015
Los inmigrantes ricos y los otros
Pues sí. No crean ustedes que los inmigrantes que vienen a este país son todos pobres, en busca de trabajo y de una vida mejor; que vienen de países en guerra, huyendo, o de los países más pobres. Para que ustedes se enteren, también hay inmigrantes ricos, muy ricos. Tanto que no parecen inmigrantes sino turistas de lujo o empresarios de Wall Street.
Y cuando esto ocurre que es lo que pasa. Pues que se nota dónde estamos, cuáles son nuestras debilidades, en manos de qué gobierno nos encontramos. Justo, esos que hablan de patriotismo todo el día, que dicen que no cabemos más de los somos, que ponen cuchillas en las alambradas de las fronteras, justo esos son los que, con esa sensibilidad de hiena que les caracteriza, mientras encierran –a los pocos que pueden pasar— en centros de internamientos que algunos han calificado de cárceles del cuarto mundo, a otros los declaran residentes solemnes, eso sí, vendiéndoles ese derecho como si se tratara de un quilo de bananas.
Porque ya se sabe que aquí lo que prima es el dinero. Siempre que haya pasta por medio no hay problemas. Que usted es un desgraciado sirio que viene huyendo de una guerra injusta o una nigeriana a la que han violado y viene embarazada, pues se jode, no cabe en este país.
Ahora bien si usted viene, como lo hace la gente de bien, la gente seria, la gente pudiente, esto es, con un millón debajo del brazo, no tiene usted problemas. Y le demuestran cuan flexible puede ser este país, no sólo cabe usted sino su familia y si trae a amigos de esa ralea, miel sobre hojuelas. Aquí nos apretamos todos, para que usted no tenga problemas, para que quepa, para que sea un residente con todos los derechos, para que pueda ser uno más. Porque, todo entra en el lote. Sólo hay una obligación, naturalmente pecuniaria, usted compra un piso de medio millón, o tiene un millón en un banco español –y si es blanco mejor-- y le va a recibir el propio ministro del interior, el de las cuchillas de Melilla, el de las devoluciones en caliente, el que deja que se disparen pelotas de goma a los que entran por mar, no vaya a ser que lleguen vivos.
Y es que hay clases o ¿alguien lo duda? Porque aquí están los que no caben, los desgraciados que si consiguen entrar y no les cogen, viven en condiciones miserables, sin posibilidad de trabajar o sin tener el mínimo derecho, y luego están los que siendo millonarios vienen, pagan el peaje, y se quedan en este país, quién sabe para qué, para vivir tranquilamente o para introducirse en negocios no siempre de buen ver.
Esta es la España que quieren. Pero, no pasa nada, salvo que en este caso la crueldad de la desigualdad –demostrada por activa y por pasiva con los españolitos de a pie, también-- llega a límites intolerables. Porque mientras a unos, tratar de venir para vivir decentemente, les llega a costar la muerte, a otros, les cuesta simplemente una propina.
¿Cómo se puede tener tanta vergüenza para vender derechos humanos de primer orden, desde un gobierno? ¿Cuál va a ser el límite? Afortunadamente creo que les queda poco, ya han perdido la primera batalla, esperemos que pierdan la guerra en las próximas generales, antes de que este país no tenga remedio.
Salud y República
15 junio 2014
El fútbol, ese gran agujero millonario
¿Alguien ha visto un negocio más rentable y sucio a la vez? Eso es el fútbol. Y que conste, que para empezar debo decir que para mí hay pocos espectáculos como un buen partido.
Ahora bien, como lo cortés no quita lo valiente, eso no impide que me repugne todo lo que rodea un deporte que se ha convertido en un negocio muy rentable para algunos y que soportamos entre todos.
Y es que el fútbol tiene bula. Cualquier empresa que debiera lo que deben la mayoría de los clubs de fútbol –naturalmente hablo de los más importantes— habría quebrado ya. Es difícil entender esa doble vara de medir de Hacienda, perseguidora implacable de los trabajadores y pequeños ahorradores, mientras que muestra su incapacidad para atacar seriamente el fraude fiscal y de hacer que los clubs de fútbol paguen lo que la deben, lo que deben al erario público, o sea a todos nosotros.
Hacienda tiene unas tragaderas con los clubes de fútbol que no tienen parangón. Clubs que deben cientos de millones y que sin embargo ahí siguen, con fichajes multimillonarios. La liga española es la primera del mundo en gastos de fichajes. Los clubes españoles, a pesar de la crisis económica, no se paran en contemplaciones y fichan lo mejor, lo más caro. El caso de Neymar y de Bale cuyas fichas han rondado los cien millones cada uno, es un caso reciente. Y todo ellos sin contar los chanchullos que algunos clubs hacen para pagar menos impuestos –léase el caso Neymar—.
En este país hay unos cuantos jugadores que cobran más de diez millones de euros al año de sueldo. Señoritos del balón que cambian de coche de lujo más de dos veces al año y que cuentan con cuentas corrientes importantes fuera de nuestras fronteras.
Encima, para darnos en todo el bebe, nos enteramos de que los señoritos futbolistas de la selección española, en caso de ganar el campeonato del mundo –algo improbable visto el resultado del primer partido— obtendrán 720.000 euros de prima. Ahí no hay problemas de dinero, ni recortes que valgan. Estamos hablando de más de 20 millones de euros, puesto que esa cantidad la ganarían cada jugador más los técnicos. Un pastón. Una cantidad que,en tiempos de crisis, es desorbitada se mire por donde se mire.
Y es que resulta que la prima de Alemania o de Brasil si ganaran el campeonato sería de 300.000 euros. O sea un 58% menos, y más o menos así los demás equipos importantes. El ejemplo de Alemania es aleccionador. Resulta que estamos hablando de la primera potencia económica de Europa, el motor de la economía europea, mientras que nosotros hemos quedado para la famosa Troika: como un lastre del que hay que tirar para que se mueva. Una economía hundida que tiene un déficit y una deuda descomunal. Pero claro, nuestras autoridades parecen no enterarse y mientras que Alemania parece contener esas primas, nosotros –¡todo por el fútbol!— somos los primos que damos las primas más altas. Y es que en este país el fútbol es el rey, con permiso de Juan Carlos y Felipe.
Total, que mientras el paro sigue cerca de los seis millones, casi un 50% de parados no recibe ninguna prestación, las pensiones son de las más bajas de nuestro entorno y los salarios han bajado más de un 20% en los últimos años de crisis, resulta que estos caballeritos con botas y balón, si ganan el Campeonato, recibirán un 20% más que en Sudáfrica, o sea, justo lo contrario. Mientras que los sueldos han bajado un 20% en ese periodo, nuestros elegantes futbolistas recibirán un 20% más de unos sueldos fabulosos.
En vez de aprovechar el dinero que da la FIFA al campeón –unos 25 millones de euros— para cuestiones más importantes, por ejemplo, para el fútbol de base o para otros deportes menos favorecidos; y por qué no, para solucionar otros graves problemas que tenemos en este país, se lo quedan ellos sin el menor recato. Así funciona este mundo. Y luego parece extrañarnos de que la brecha entre ricos y pobres, en España, sea de las mayores de Europa.
¿Por qué tiene bula el fútbol? ¿Qué hace que el fútbol sea intocable? Eso lo contestan aquellas manifestaciones grandiosas en Vigo y en Sevilla –mucho más numerosas que las sociales-- cuando el Celta y el Sevilla, respectivamente, hace unos años estuvieron a punto de descender o de peligrar su existencia, por no pagar sus deudas.
Por no hablar de los personajes criados a sus pechos. Recordemos a Jesús Gil o a Ramón Mendoza y entre los últimos a Lopera o a Del Nido. Alhajas que hay que guardar entre algodones.
El poder político ha utilizado y utiliza el fútbol como válvula de escape para tapar problemas políticos de primera importancia. Y es que el fútbol al igual que la religión juegan ese papel de droga social que adormece todos los demás problemas, por graves que sean. Algo que el poder político propicia por conveniencia.
Salud y República
04 julio 2013
El país de la excelencia y los yates de lujo
Pero llegó la hora de las vacas flacas y, naturalmente, los dispendios pasaron factura, y los acreedores de otros países, aquellos fariseos que se habían forrado con los intereses de los préstamos concedidos, empezaron a reclamar sus caudales.
Y los mandamases, para obtener recursos, tomaron medidas impopulares. La gente se indignó, pero poco más, y los gobernantes insistieron ante el asedio de los acreedores, y subieron impuestos. El pueblo acostumbrado a no protestar, a aceptar lo que le echaran y a indignarse de boquilla, acogió con desgana esa subida y pagó. Mientras, las clases adineradas seguían haciendo de las suyas, visitaban Suiza, recogían beneficios extraordinarios de sus inversiones y sus negocios, y utilizaban todas las trampas posibles, incluidas las legales, para poder seguir especulando y ganando, y más y más dinero.
Todo para los mejores, la excelencia era la medida. Y se anunció que los mejores eran los bancos, a los que había que ayudar, a los que había que salvar, aunque eso significase el empobrecimiento de los ciudadanos. Y confirmaron que los mejores eran los empresarios, los grandes empresarios, y se les hizo una reforma laboral a la medida.
Y se extremó la desigualdad, puesto que las medidas tomadas, para conseguir más dinero, hicieron que la educación y la sanidad que habían sido ejemplos de gratuidad y de igualdad, superaron esa fase y se convirtieron en algo para los pudientes. Los otros, los que apenas llegaban a fin de mes, los que no tenían trabajo tuvieron que quedarse con la miel en los labios, se quedaron fuera de la excelencia.
Los discapacitados, los científicos, los trabajadores, los pensionistas, todos menos los dirigentes y los acaudalados, se encontraron, de la noche a la mañana, empobrecidos y en un país sin futuro.
Pero está claro que eso no era suficiente. Los pobres, al fin y al cabo, nunca dejarían de ser pobres e interesaban que lo fueran –la mano de obra barata--, pero había que salvar a los ricos, aunque fuera a costa de los pobres. Al menos, se salvaría la excelencia. Y se legisló una amnistía fiscal, para que los tramposos millonarios pudieran tener el dinero en su país y no tener que hacer viajes a países extraños. Y no hicieron caso, los adinerados no se fiaron y sus dineros siguieron viajando a paraísos soñados.
Siguieron insistiendo, había que sacar más para pagar a los magos de norte que un día prestaron sus dineros para que los institutos financieros del sur jugaran al monopoly y perdieran, así es que no hubo más remedio que reconocer que la promesa de bajar impuestos se tenía que posponer, no había dinero. Y se bajaron las pensiones, volvieron a subir impuestos, del tabaco, de bebidas alcohólicas, mientras que se estudiaba la forma de que la gente encontrara lugares de diversión donde pudieran jugar, fumar y beber a tutiplén. Y entonces pensaron en crear Eurovegas, un desahogo, allí los ricos soltarían parte de lo que les sobraba y los pobres irían a pedir limosna para luego jugársela, un sitio ideal.
Pero había que hacer algo más, los grandes banqueros, los grandes ejecutivos, las grandes fortunas no terminaban de estar contentos. Entonces el gran ministro de la Hacienda Pública dio en el clavo, y razonó emulando a Lenin: ¿Qué hacer? ¿Cómo ayudar a nuestros amigos poderosos? Los pobres están como están, y no es posible ni conveniente salvarnos. Son muchos y además son morralla.
Facilitemos un poco más el ocio de nuestra gente, que se lo merecen. Y, llegó a la conclusión de que había algo que hacer todavía, y pensó ¿cómo es posible que todavía no hayamos hecho nada tan necesario y popular por los yates de lujo? Pues nada, hagámoslo, se elimina el impuesto de los yates con más de doce metros de eslora --algo que puede representar hasta 72.000 euros de ahorro por yate--, y listo.
Y la bruja tudesca del norte se congratuló, y dio las gracias al triste hombre del sur y a su ministro risitas, y además les dijo, no paréis, no paréis, ese es el camino.
Y ellos siguieron insistiendo en su excelencia. Y los ricos comieron perdices y fueron felices. Y colorín, colorado, por el culo nos han dado.
Salud y República



