11 mayo 2014

¿Para qué deberían servir los programas electorales?

Una cosa es lo que deberían ser y otra lo que son. En teoría, aunque hasta ahora los gobernantes no lo han cumplido, los programa electorales deberían marcar las iniciativas políticas de un determinado partido o grupo que de forma conjunta pretende implantar y que sirve de guía a los ciudadanos para poder optar por una opción determinada.

En definitiva, debería tratarse de un contrato –en toda regla— que el partido firma con los electores y que, salvo fuerza mayor, tendría que cumplirse a rajatabla. Algo que normalmente no ocurre. El caso del gobierno actual, aunque no ha sido el único, denota el desprecio que el Partido Popular ha demostrado para con los ciudadanos. Le ha dado la vuelta al calcetín, habiendo hecho justo lo contrario de lo prometido en el programa económico, lo que dice mucho de su falta de ética y de su desprecio a la ciudadanía.

Lo grave del caso es que el incumplimiento, o el cumplimiento de lo contrario de lo prometido, no tiene ninguna penalización, salvo la que los electores puedan compensar en la próximas elecciones cambiando de voto. Insuficiente.

Rajoy y programa electoral

Si no se pone coto a estos desmanes, los programas electorales serán inútiles y sus contenidos no tendrá valor. Entraremos en una democracia ficticia donde las promesas electorales sólo serán un truco con la única pretensión de ganar las elecciones, como sea.

Y no es verdad que no hay medios para poder evitarlo. Basta regularlo. Las promesas electorales no pueden ser incumplidas, salvo por fuerza mayor, y en este caso serán los ciudadanos quienes lo decidan mediante un referéndum. Cualquiera de las medidas del programa electoral, que el correspondiente gobierno quiera cambiar, han de pasar por el tamiz del cuerpo electoral. De tal forma que sean los ciudadanos quienes mediante su voto decidan si es pertinente el cambio en el programa electoral que ha llevado a ese partido al gobierno.

Ésta es la única forma de que la variación del programa electoral no se convierta en un fraude para los ciudadanos, puesto que ese contrato firmado –el programa electoral-- sólo podrá ser cambiado por el acuerdo de ambas partes, como debe ser. Sólo así se podrán evitar los abusos y los engaños que hacen que la democracia se convierta en un simple juego de falsas promesas cuya única pretensión es el poder por el poder.

Mientras no se tomen medidas para evitar los incumplimientos programáticos de los partidos, estaremos en una democracia ilegítima, donde el voto se puede ver ultrajado por la mentira y se gobierne a golpe de engaños. No se puede consentir que los partidos –el caso del PP es flagrante—, en aras de conseguir el poder, engañen a los ciudadanos prometiendo lo contrario de lo que han pactado en su programa.

Dentro de unos días habrá elecciones europeas. Empecemos a contrastar el programa y su cumplimiento, y exijamos una ley que haga cumplir lo pactado en dicho programa. Todo lo demás volverá a ser otro fraude que debilita la democracia y excluye a los ciudadanos; y estaremos más cerca de la máxima de la Ilustración: Todo para el pueblo, pero sin el pueblo. Aunque, me temo que ni tan siquiera se cumpla la primera frase.

Salud y República