20 octubre 2013

La Educación Creadora: una necesidad irrenunciable

Desde hace años pienso que uno de los grandes males que afectan a esta sociedad es la competencia. Esa competencia que trata de que lleguemos los primeros, de que seamos más que otros, de que tengamos que ocupar el lugar que tienen otros. Y eso está inculcado en la educación que recibimos desde que nacemos.

En la familia, en la escuela, en los ambientes que nos movemos suele tener mucha importancia la competencia, la competitividad. Y siempre he creído que esto es negativo. ¿No sería conveniente cambiar competición por solidaridad?

Desde pequeños nuestros actos dejan de ser espontáneos, responden a una simulación de lo que se espera de nosotros, para eso nos preparan, lo que hace que nos encontremos siempre respondiendo a ser lo que de nosotros se espera. En definitiva, perdemos la iniciativa creadora e impulsamos la competitiva. Parece que lo importante no es ser uno mismo, sino ser un modelo determinado o ser más que otros.

Por eso considero loables las iniciativas que pretendan reconocernos como somos, sin necesidad de modelos ajenos, sin pretender ser más o menos que los demás, que nos apartan de la competitividad.

Éste es el caso de la Educación Creadora que viene practicando Arno Stern desde hace más de sesenta años. A diferencia de la pintura como arte, donde se sigue un modelo determinado, la actividad que Stern ofrece en su taller no es para comunicar nada, no va dirigida a nadie, no tiene receptor, sino que pretende ser la expresión de uno mismo y sus circunstancias.

Stern después de investigar en poblaciones aisladas, nómadas del desierto, pueblos indígenas de los Andes, llegó a la conclusión de que hay un código universal que llama “formulación” y que tienen todas las personas que pintan en unas condiciones determinadas. Las condiciones a las que se refiere Stern son las que puedan hacer que las personas aparten sus influencias culturales y adquieran esa espontaneidad perdida.

En el juego de pintar pueden participar todas las personas independientemente de la edad, sexo o cualquier otra circunstancia. Es verdad que la espontaneidad será más fácil de encontrar en los niños, que han sufrido en menor grado el impacto de la cultura competitiva.

Las condiciones que Arno Stern concibió para el juego de pintar, pueden trasladarse a cualquier tipo de aprendizaje siempre que éste se entienda como sinónimo de juego: modelar, movimiento con el cuerpo, construcción, etc.

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Los talleres de Educación Creadora son espacios cuyas condiciones y estructura favorece que cada cual juegue, de manera espontánea y libre, por placer, sin corsés. En el caso del taller de pintura, a diferencia de los talleres tradicionales, no se trata de seguir ningún modelo, sino de que cada cual pueda plasmar su capacidad creadora en un papel, sin que se le juzgue, ni corrija, simplemente por el mero hecho de jugar.

Según la Educación Creadora, en el juego uno es lo que es y los demás, en ningún caso son rivales, sino compañeros de aventuras con los que no es necesario competir.

Se trata de separar a los participantes de las condiciones de la sociedad de consumo, la sociedad de competición –como la llama Arno Stern—, y hacerles volver a un estadio más espontáneo con conecte con sus propias preocupaciones.

El taller debe ser un lugar tranquilo, insonorizado, aislado, donde cada uno pueda expresarse libremente. El asistente del taller simplemente busca que se den esas condiciones y ofrece el material adecuado para cada juego. En ningún caso dirige, juzga o corrige.

En Madrid se ha abierto el taller Luba del que podéis encontrar información aquí. Que siguiendo con fidelidad el trabajo iniciado por Arno y continuado en Bilbao por Diraya, comienza su andadura con el taller de movimiento y de pintura. 

Taller de Pintura en Madrid Martes y Miércoles de 17:30 a 19:00 Jueves
de 10:30 a 12:00
Tel. 647452274 Carmen G. Corrales

Podéis encontrar más información sobre Arno Stern en este artículo de Diagonal. Y también podéis escuchar aquí una estupenda entrevista que hicieron a Stern en La casa Encendida. ¡Vale la pena!